El día anterior recibimos la decepcionante noticia de que no podríamos hacer ráfting en el genuino río Futaleufú y deberíamos conformarnos con hacerlo en el río Azul. La excursión en cambio tendría un precio de 40.000 CLP incluyendo el transporte, 2 guías y un fotógrafo para nosotros solos y el almuerzo. La duración sería de medio día, porque deberíamos llegar por la tarde a Chaitén.
Nos reunimos con los guías en el punto de encuentro y partimos hacia el lugar de inicio de la actividad. Nada más llegar nos sorprendió gratamente la belleza del río y del entorno, y no tan gratamente la poca agua que llevaba. Nos pusimos los neoprenos y cascos y recibimos la breve instrucción antes de embarcarnos en nuestra balsa. Fue una suerte que los guías fueran simpáticos para no hacernos pensar mucho en la poca agua que llevaba el río en esa zona de su curso.

Después de encallar un par de veces en los tramos con menos profundidad y cuando empezábamos a lamentarnos, comenzó el tramo verdaderamente interesante de este río. El río se estrechó y el caudal aumentó considerablemente regalándonos una serie de rápidos y corrientes muy emocionantes. Disfrutamos mucho de este tramo, e incluso estuvimos cerca de volcar, pero ni de lejos como la otra vez en el río Trancura en Pucón.

El último tramo del descenso fue bastante tranquilo pero al tener mucha profundidad, pudimos bajarnos de la barca y tirarnos desde las rocas al agua para refrescarnos. Finalmente, desembarcamos y fuimos adonde estaba esperándonos el almuerzo preparado por el fotógrafo y otro compañero. El menú consistió en pasta con unas riquísimas salsas caseras, bebida y fruta. Mientras el fotógrafo nos enseñó las fotografías y nos las envió al correo.

Con la barriga llena y con la adrenalina por las nubes tras el descenso de los rápidos, cogimos el coche y condujimos de vuelta hasta Chaitén. El trayecto de 130 km lo hicimos en unas 3 horas y media parando en uno de los grandes puentes que cruza el gran río Futaleufú y en algún mirador del lago Yelcho.

Al llegar a Chaitén, lo primero fue buscar alojamiento, y lo encontramos en un lugar un tanto retirado, pero idílico. Las cabañas “los Canelos” regentadas por una señora realmente entrañable fueron nuestro último alojamiento la ruta de la Carretera Austral, y para celebrar el fin del viaje, qué mejor que un buen asado chileno maridado con un buen vino de la región. Esa cena rodeado de grandes amigos y compañeros de viaje fue memorable y siempre me acordaré de ella con un inmenso cariño.

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